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Gran Hermano, pero ¿poké, pokéeeee??

No me gusta la idea de tener a un Gran Hermano, como en la novela de George Orwell «1984», que controle todo a través de cámaras y micrófonos. Yo quiero que me espíe una mujer, una tía buena, con grandes tetas y vagina siemprehúmeda. Quiero a una Gran Hermana, no necesariamente la Merkel, pero una hembra. No entiendo por qué el gobierno y la autoridad recae casi siempre en el hombre. Qué pasa, que solo los hombres ansiamos poder, solo nosotros estamos dispuestos a liderar el bien o el mal. No, yo quiero a una mujer, una tía buena, rica, una madrecita, un bombón, que me espíe y apunte cada detalle de mi degenerada vida. Aunque me bastaría con una mujer de voz sensual que, de vez en cuando, me diga: ¡estáte quieto ya y deja de tocarte!!

Mi particular Maracanazo

Hoy domingo día 30 de Junio de 2013 se celebra la final de la Copa Confederaciones entre España y Brasil en el estadio de Maracaná. Menuda experiencia tiene que ser jugar ahí. Recuerdo que en los pocos partidos de fútbol que jugue en ligas amateur, a veces, había 2 o 3 espectadores, novias o amigos del equipo contrario y al protestar ya me daba cierta impresión. No quiero saber lo que debe suponer esto en el Maracaná con más de 70.000 espectadores bufando contra los españoles o animando a Brasil.

Yo, en cambio, vuelvo a mis vicios ancestrales. Me encantaría, nuevo sueño y meta de mi vida, masturbarme en ese mismo estadio, en el centro del campo, ante todos esos espectadores. Lo ideal, aunque sé que no se puede ser fantasioso y avaricioso, sería que todos los espectadores fuesen mujeres. No pido siquiera que sean guapas, me bastaría con oir sus gritos de ánimo y excitación. Me encantaría igualmente que se retransmitiera mi paja por todas las televisiones públicas y privadas del mundo. En directo, claro.

A fin de cuentas, qué más da. El servicio secreto estadounidense, con su Prisma, los chinos, británicos y quien sabe cuales más, ya me habrán espiado en mis diarias perversiones ante la cámara. Me pregunto a qué conclusión habrá llegado un espía chino al verme eyacular y manchar sin querer la pantalla del portátil. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, de la divulgación hasta el más mínimo detalle de la esencia humana, de la exteriorización total humana, es la única forma de ser feliz, ser veraz consigo mismo, al menos, eso decía Osho, creo.

Así, de esta forma, si hay alguien con influencia o dinero, me organice una paja monumental en el estadio de maracaná. Procuraré no ser muy breve, le daré cierta intriga y tensión a mi masturbación, y, cuando vaya a eyacular, se me notará en mi gesto contraído, para que las cámaras enfoquen y graben cada gramo de esperma descargado. Así, concluirá mi particular Maracanazo sobre la hierba del campo ante miles de enloquecidas mujeres (si hay hombres, tendré que aceptarlo con tolerancia). Espero que gane el mejor.

Música del Zeitgeist

Cada etapa de la vida tiene su música. Creo que hay una que mejor retrata a esta sociedad “occidental”. Son las composiciones de Philip Glass o Jan Tiersen: músicas extrañas que ocultan algo, con cierta paranoia, misterio, repetitivas, pero aun así conteniendo esperanza, como si camináramos por un túnel en cuyo final viéramos una luz de intensificación cambiante; a veces grande y otras pequeña. Las composiciones de estos dos músicos se pueden escuchar simultáneamente, como los innumerables ruidos que escuchamos en nuestra vida cotidiana. Al hacer esto aumentaremos sus matices emotivos. Son músicas dúctiles y emparentadas que pueden ir cogidas de la mano.

Consumimos incultura

Soy Zeitgeist. Sin duda lo soy, puro y sustancioso Zeitgeist. Pregúntenle a Hegel. Acudan a una bruja de estas que hablan con los muertos y pregúntenle si lo soy.

A veces pienso que soy un desperdicio, pero cuando me acuerdo de que soy la personificación del espíritu del tiempo vuelvo a sentirme importante, reconocido por un sociedad que no sabe quién soy. Solo la historia me dará la razón y reconocerá la importancia de mi persona en esta actualidad.

Hay cuadros, música, escritos que representan el sentir común de la sociedad. Dicen que el arte se adelante a los acontecimiento, como si el arte fuese una pitonisa. En el arte de la música, evidentemente, todos los tipos aportan su granito de arena para formar el Zeitgeist. Muchas de ellas, sobre todo las destinadas a jóvenes, inspiran sentimientos de chulería, fuerza, energía, importancia, egocentrismo, altanería, furia, unicidad, despreocupación, sexo, lujuria, intriga. La sociedad actual no nos puede abastecer de estos sentimientos y por eso se nos transmiten a través de la música. Dadnos una guerra visible en la que podamos enfundar nuestras armas y escucharemos otra música. Esta petición se lo hago a las empresas.

Esta música está hecha para jóvenes algo despreocupados con los temas sociales, que no saben para qué luchar ni para qué han llegado al mundo (aunque no todos se lo pregunten); para jóvenes que aun no se quieren adaptar o resignar a ser parte de un conglomerado que perciben aburrido. Quieren luchar, cometer heroicidades, sentirse partes de algo, reconocidos, luchar por una causa. Pero no hay medios ni causas reconocibles. Igualmente, están demasiados mimados para querer descubrir con esfuerzo un motivo de lucha. Sus demostraciones solo son producto de un impulso y no de un esfuerzo prolongado, aunque sí de una reducida e inconsciente frustración prolongada, enterrado bajo egoísmos, necesidades de éxito, ocio, vicios y drogas. Todas ellas impulsadas desde un sistema político y empresarial que nos quiere arrinconar en la incultura social. Este sistema busca especializarnos para poder complementar perfectamente en su maquinaria empresarial. No quieren que la contemplemos desde fuera. De esta forma funcionamos sin rechistar. Aceptando el curso de nuestras vidas como algo obvio e inmutable. Anteriormente la religión era el opio del pueblo, ahora la aristocracia empresarial necesita otros soporíferos sociales; y los ha encontrado.

Ingravidez

Un Danubio en mis venas.

Un pez solitario que navega mis interiores,

explorando secretos recovecos,

echando burbujas por su boquita de terciopelo.

Diminuto, a veces.

Gigante, otras.

Proteico pez que descubre cada día

con sus ojos saltones

arcanos de piel y sangre

de raíz y forma abstracta.

Noto su piel suave,

rozando mis conductos,

mis túneles interiores;

con sus ojos fluorescentes,

alumbra la mayor de mis oscuridades.

Pasa sutilmente,

como si quisiera acariciarme con cada aleteo.

Hablándome con cada cosquilla.

Sus escamas son de pluma

y dejan un rastro de aceite de rosas

que se evapora en dulce aroma.

El Danubio irriga mis numerosos cuerpos,

mis millones de sólidas fantasías.

Avanza arrastrando un lodo abundante,

pero  ligero como el aire.

Aire de mil sueños.

Con esas partículas nitrogenadas

se sostiene este pez de plumas y pico,

batiendo sus alas en la libertad de un infinito y manso cielo.

Noto su burbujeo y su piar,

dentro,

como si me elevara.

La punta de mis dedos son los últimos que se despiden

de la terrenal gravedad.

Siento al pájaro crecer.

Me despisto en mi ascensión.

No siento mis brazos convirtiéndose en alas,

como brotan de mis brazos plumas,

como un manantial de escarcha

que se detiene con firmeza una vez formadas;

para acompañarme con la valentía de la ligereza,

con la valentía de la suavidad,

con la valentía de la armonía.

Pedazos de realidad

que se van descomponiendo

pacíficamente.

Siento en mi,

esa fantasía de la armonía.

Esa elevación hacia los cielos.

Sin ataduras,

como pez o pájaro.

Así voy.

Flotando como un polvo que baila,

como una hoja que nunca cae.

Mi pájaro interior me ha prestado sus alas.

Son gigantes, abarcan océanos.

Una única pluma que cayera,

daría albergue a mil ciudades.

Sobre el rechinar de la tierra voy volando

Y no oigo su voz, porque es diminuta.

Nunca nadie

me verá volando,

Por muy grandes que puedan ser mis alas,

aunque cubran la esfera del sol,

nunca nadie las verá.

Somos resistencia entrópica

Nosotros los humanos estamos sometidos a la entropía (a la ley del desorden físico), pero la percibimos muy lentamente porque somos capaces de renovar la energía perdida. Somos energía ordenada y retenida. Cuando envejecemos no hacemos otra cosa que ceder a la entropía y cuando morimos nos rendimos a ella. La primera célula viva de nuestro planeta no quiso someterse a las leyes de la entropía y de ella, a lo largo de una larga evolución, surgieron seres como nosotros. Ante todo, somos combatientes de la entropía y aun muertos somos capaces de combatirlo a través de nuestros descendientes, de la transformación en tierra o de alimento para necrófagos.

¡Qué pesados que somos en revelarnos a esta ley que considero la ley de la paz! Yo la promulgo y la defiendo. Soy su paladín más acérrimo, ya que estoy tirado todo el día en mi cama, con mi dormitorio y mis pensamientos desordenados.

Pero no soy el único. Tanto esfuerzo que hicieron las células para ordenar energía para que luego, su creación máxima, nosotros, provocáramos tanto desorden. No me refiero solo a mi cuarto, sino al desorden mundial existente.

Pongamos un poco de orden y pinchen sobre el siguiente enlace y compártanlo: Paz entre Israel e Irán.

La entropía es el motor del Zeitgeist

Es curioso que sea la entropía la primera ley que gobierna nuestro mundo.  La entropía es la explicación de que las cosas tiendan al desorden. Es una ley que nos conduce al caos. Cuando un objeto frío pierde su frío (qué pena que no exista la palabra “desenfriar”), cuando un objeto caliente pierde su calor o cuando un objeto cae al suelo estamos ante un efecto de entropía. Es decir, la entropía provoca que la energía se reparta, se extienda en el universo y los objetos. Es una ley equitativa pero estricta. Cada materia en movimiento tiende a aumentar su estado de entropía o desorden. Si suponemos esto, debe haber un proceso a la inversa, ya que primeramente tuvo que haber habido energía en los objetos para que se pudiera desgastar o escapar. No sé si hay un término que designe lo contrario, no soy físico, pero quizás se pueda llamar atracción. En este caso podemos comprobar claramente que estos extremos son iguales. La única diferencia es la perspectiva desde donde se mira. Atracción y entropía son lo mismo. Orden y desorden son lo mismo. Las leyes físicas, el mundo, es el concierto de los extremos. No hay otra forma de explicar la nada y el todo. La nada se explica con el todo y el todo se explica con la nada. Destrucción es construcción y viceversa. Por lo tanto, somos nada, todo, contradicción y confirmación.

Hay dos estados de entropía ideal. En uno, el universo se ha extendido completamente; en el otro, es un núcleo gigante. Ambos son la misma cosa. Quizás, en este punto, el tiempo deja de existir o, mejor dicho, es la muestra de que nunca ha existido. Según mi súbita lógica, el tiempo y la inexistencia de tiempo son lo mismo. En un estado de entropía ideal, la atracción entre las partículas es perfecta e inmensa.

En ese instante de inexistencia de tiempo, debe originarse una gran explosión, como ocurrió con el Big Bang.

Mi querida madre

Mi madre es buena, pero puede ser a veces bastante agobiante. Después de 10 años viviendo solo, volver al hogar materno es duro. De tener completa autonomía a estar bajo el acecho de una persona a la que encima le debes respeto y correspondencia. Las madres nunca dejarán de ser madres, nunca efectúan completamente el destete, te agarran de la conciencia para que sigas mamando su leche

Pero realmente estoy agradecido de que me hayan acogido de nuevo. Solo tengo que canjear mi privacidad y mi autonomía a cambio de comida y otros servicios como el lavado de ropa, limpieza general de la casa, compras diarias, etc.

Por favor, llamémoslo autosexo

Algunos hablan de las distintas etapas en la vida de una persona. A mi entender, son verdaderas vidas, vidas pasadas de las que conservamos el recuerdo. Acaso, ¿tendría alguna diferencia llamarlo vida o etapa? ¿Quién me puede probar que fue vida o etapa?

―¡Sal de tu cuarto gandul! No puedes estar toda la vida ahí encerrado.

Exagerada, ya no se acuerda de que la semana pasada fui al INEM. Aunque, realmente, no podría jurarlo, lo recuerdo vagamente, como el velo a través del cual se ven los sueños. Recuerdo haber cogido un número y haber esperado hasta que llegara mi turno. Recuerdo también haber salido de las oficinas del INEM, pero no recuerdo nada más.

Dentro de una vida se experimentan varias transformaciones que te van impulsando hacia una nueva vida. No quiero llamarlo renacer, sino una muerte y un nacer de la cenizas; como mi pene cuando tras largas sesiones masturbatorias parece que nunca más se hinchará.

Realmente, no me gusta llamar a este acto “masturbación”, prefiero denominarlo “autosexo”. Así, cuando me preguntan por mi vida sexual (personalizándola), les puedo asegurar, sin llegar a mentirles, que la tengo plena y gozosa, casi sin descanso.

No sé realmente cuándo moriré para volver a nacer nuevamente. Siento que sufro una metamorfosis, evolutiva o involutiva, no lo sé, lo sabré cuando me encuentre en mi siguiente vida. No creo que sea una metamorfosis hacía una cucaracha o parásito. Al menos, en sentido físico. Mi esqueleto no se está exteriorizando, ni me están saliendo antenas o patas articuladas. Pero en mi mente, probablemente, se están desarrollando pequeñas cucarachas que poco a poco se van cebando con mi sangre. Algún día, me daré un golpe, y saldrán correteando por la herida. A veces siento sus patitas repicando.

―Saca la basura.

¡La voy a sacar, con lo que le gustan a las cucarachas su hedor; luego se precipitan desde mi nariz!

Aquellos tiempos maravillosos

Deje el teclado (más bonito sería decir la pluma, pero no sería cierto). No he vuelto a escribir aquí desde hace unos días. Recuerdo que me levanté para comer de la pata de un jamón; no quise cortarla en láminas y le hinqué los dientes arrancándole los trozos. Después de esto recuerdo poco, el vago olvida y reincide porque olvida. Me tope con este escrito mío por pura casualidad y, como soy un vago, solo leí la última frase de mi anterior yo. Y, de hecho, no ha cambiado nada, porque sigo empalmado.

No sé si lo he mencionado, pero estoy en el paro. No ha sido siempre así, antes pertenecía a otras estadísticas, mi barómetro social personal era de alto standing.

No sé por qué recuerdo mejor esa época que la actual. Será la memoria del vago, que al igual que el cuerpo, se inactiva. Soy un desconectado de la sociedad, me dicen. Y yo les contesto que son unos enchufados de la sociedad. Pobre metáfora de la que me reiría si no me diera pereza.

Hay regiones de sudamérica que usan la palabra “parado” como sinónimo de erguido, levantado, estar de pie. La conexión me parece obvia, porque estoy parado y, a la vez, empalmado.

Recuerdo que un día me levanté, fui al trabajo, mi jefe me despidió, volví a casa y me acosté en la cama. El ciclo de levantarse de la cama y volver a ella siempre se repite. Pero hay muchos ciclos que se repiten en nuestra vida y de los que no nos damos cuenta. Uno de los pocos ciclos que no se repiten es el de nacer de la nada y morir en la nada o para los que así lo deseen, nacer o morir en Dios, no importa qué doctrina escojamos.

En mi otra vida no era así. Me llamaban don Perfecto con un tono envidioso que me complacía profundamente. Siempre era el primero en  llegar al trabajo y el último en irme. Cuando llegaban los demás empleados los observaba con leve desdén, entornando los ojos y agitando levemente la cabeza. Disfrutaba con ese gesto reprobador.

Cuando se iban, les preguntaba con un tono acusador y medio burlón: ―¿Ya te vas?

Eran aquellos tiempos maravillosos.